The Author's Chair
~~~What is it? Author's Chair is the final step in the writing process. A special time and place is allotted to writers who wish to share their final products with an audience. ~~~¿Qué es? La silla de autor es el último paso en el proceso de escritura. Es un momento especial que tienen los escritores que deseen compartir sus productos finales con una audiencia. (información tomada de Teacher Visión, ver enlace)
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Saturday, December 25, 2010
Teaching
Teaching is like sailing a ship into a hurricane, there are moments of strong winds and you’re certain that you are sinking into the maelstrom, then you reach the eye and there is serenity, there is light, and for a small moment you glimpse your calling, your purpose, right before the reverse winds strike upon you again. In the toughest journey, you wonder if this is where the ship should sail. Should it be here now? Yet, everyday it is exactly where it must be. In the process of becoming, there is burning and dying. I am dying. I am singed. I am sinking into the maelstrom only to resurface at some point knowing that there will be another eye of the hurricane moment again.
Saturday, October 30, 2010
Mensaje de bienvenida Mayawest Writing Project Institute octubre 2010
escribir y enseñar
Dra. Rima Brusi
A mí me gustan mucho los paisajes esos que llaman “naturales”. ¿A quién no? Las montañas, el mar, el bosque, la playa, el río, son parte de la fantasía cotidiana de nosotros los cyborgs posmodernos. (Cyborgs al fin, sin embargo, cuando finalmente los tenemos de frente en todo su esplendor azul o verde tendemos a pasar más tiempo sacándole fotos con el celular o dándole un “update” al facebook, algo tipo “en la playa!!!! al fin!!!!”, que admirándolos, pero nada. I digress.)
Decía que me gustan los paisajes naturales, y los disfruto, pero hay otros paisajes, de mucho artificio, que son los que realmente me quitan el aliento. Son los paisajes que salen de la mano humana, imaginados por humanos, construidos por humanos, y admirados, generación tras generación, por humanos. Me refiero a las grandes catedrales, por ejemplo, o a las pirámides. Esos monumentos inmensos, generalmente con algun fin religioso, y construidos con tecnologías mucho menos sofisticadas que las actuales. Esas catedrales que nos sumen en una emoción que es contradictoria sólo en apariencia, en esa certeza simultánea de la grandeza del colectivo y de la pequeñez propia. Al verlos, al tocarlos, al estar en ellos, nos regodeamos en una humildad que surge de la conciencia de la inmensidad, del potencial, de la enormidad y el impacto que para bien y para mal ha tenido la gestión humana en el planeta.
Creo que algo así me ocurre, nos ocurre, con la palabra escrita. Mucho más que con la hablada, aunque la escribamos para hablarse. Escribir es regodearse en el uso de unos materiales, las palabras, que son ideas y que a la vez nos permiten construir otras ideas, unos materiales que ni usted ni yo inventamos sino que han sido creados y refinados y destruidos y reinventados y maltratados y resucitados por generaciones y generaciones. Escribir implica mucho más que hablar. Escribir es componer. Es editar. Es refinar. Es, al menos en potencia, fracasar y levantarse en cada línea, en cada párrafo. Escribir es la brega cotidiana con una realidad que tiene que articularse para poder entenderse, o manejarse. Escribir es regodearse en la grandeza humana y en la pequeñez propia.
Tal vez es por esa reverencia implícita en el acto de componer con la palabra escrita, que William Maxwell escribió que “”Writing should be done on your knees.”
Y escribir cambia el mundo.
De hecho, en muchos sentidos, escribir hace al mundo. La historia, por ejemplo, no es sino el récord escrito que les permite a las naciones y a los pueblos imaginarse a sí mismos y seguir haciendo historia. Escribir puede ser un diálogo con el presente pero es a veces un diálogo, inimaginado, incierto, con el futuro. Cuando Anita Frank escribía en la intimidad de su escondite no pensó que sus palabras se convertirían en la crónica más leída de un Holocausto que ella ni siquiera llega a describir. ¿Por qué? Porque Ana nos habla, nos enternece, y se nos plantea en el ahora no como una persona muerta sino como una interlocutora que vivió y que sintió. “Silence remains, inescapably, a form of speech”, dijo, o mas bien escribió, Susan Sontag, y es ese silencio en el repentino final del diario de Ana el que mejor nos comunica la tragedia de la interrupción de una vida en ciernes. De tantas vidas.
Escribir nos permite entender el mundo, darle la vuelta, interpretarlo. El escritor es metío, averigüao, e irreverente. Charles Baxter escribió que “If you’re a good writer, these days, you pay attention to the way that people don’t pay attention.” La propia Susan Sontag, por ejemplo, se hizo famosa por interpretar, magistralmente, su propia cultura como un texto inmenso, repleto de metáforas que nos sirven para imaginarnos a nosotros mismos-y a los otros. En particular, describe cómo enfermedades tales como tuberculosis, cáncer y SIDA son fenómenos tanto de la salud y de la medicina como del discurso y del simbolismo cotidiano, metáforas de cosas como sensibilidad, pasión y moral.
Escribir crea el mundo. Dice Susan Sontag: The truth is always something that is told, not something that is known. If there were no speaking or writing, there would be no truth about anything. There would only be what is.
No sé, sin embargo, si uno al final del día escribe para cambiar el mundo, o para crearlo. Seamos honestos. Uno escribe, tal vez, porque no hay de otra, porque uno es así. Robert Hass dice, en una cita muy citada, que “escribir es un infierno. No escribir es también un infierno. El único estado tolerable es justo después de haber escrito. “It’s hell writing and it’s hell not writing. The only tolerable state is having just written.” A mí esa cita me encanta. Aunque no estoy del todo de acuerdo. Para mí escribir es una fuente de trascendencia. No por el producto, necesariamente, sino por el proceso. Les cuento un poco del mío: Tengo una idea. La apunto por ahí para escribir después. En algún momento decido sentarme a escribir y no lo hago. Lavo los platos. Aclaro que detesto fregar, de modo que si lavo los platos para no escribir estamos en pleno denial. Me siento de nuevo a no-escribir. Me paro, baño el perro, me siento, corrijo exámenes. Me rindo. Visito la nevera, o la cafetería, dependiendo del hábitat. Como. Mas bien me harto. Tomo café. Temblando, regreso a no-escribir.
Y bueno, para preferir bañar al perro o consumir comida en nuestra cafetería uno tiene que estar bastante resistente a escribir, ¿cierto?
Esto quizás se debe a que, como escribe Brandon Dorn “The author’s task is to synchronize thoughts, images, raw creative material in a meaningful way, a task as difficult and frantic and joyful as herding cats.”
Pero en algún momento, pasa algo. Pasa que estoy escribiendo, y que me olvido de la comida, del perro, de los platos, de los exámenes. Me olvido de mí. Soy un río, un suspiro, un fenómeno, una cosa que me supera, una cosa que se llama humanidad, y que escribe. Y en ese momento, soy muy, muy feliz.
Creo que los que escribirmos estamos un poco adictos, de la mejor manera posible, a esos momentos. Y no estoy de acuerdo con Hass. No son momentos o estados meramente “tolerables”. Son felices, intensos, vivos.
Así que uno es escritor gracias al infierno de escribir o de no escribir, al cielo de estar escribiendo. Uno escribe para la felicidad y para el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el “uno” y reafirmar la humanidad del “muchos”. Uno escribe a pesar de la frustración de no estar escribiendo porque ella es un pre-requisito para la intensidad de sí estar escribiendo. Uno escribe para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.
Y esas son, curiosamente,las mismas recompensas de la docencia. ¿Por qué uno se convierte en maestro? Creo que es gracias al infierno de enseñar y de no enseñar, y gracias al cielo de estar, de repente, en la felicidad total de la lección que fluye. Uno es maestro por la felicidad y por el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el uno y reafirmar la humanidad del “muchos”. Uno enseña a pesar de la frustración de no estar transmitiendo el conocimiento porque sabe que esa frustración es pre-requisito para la intensidad del momento pedagógico. Uno enseña para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.
Estos talleres celebran la doble y feliz agonía de ser maestro y de ser escritor, de ser un escritor que enseña y un maestro que escribe.
Ambas vocaciones, la escritura y el magisterio, son tan poderosas que verlas juntas me hace pensar, un poco, en una de esas grandes catedrales.
Publicado en Parpadeando
Wednesday, July 21, 2010
Within a Month of Silence
Where I live lightning is a constant element in our lives. Often, the lights go out and the phone lines too. I have been unable to communicate with anyone for a month now. It has been a month of silence.
It is interesting the thoughts that come during such times, when shadows form on the walls because of the candle light and ones pen scribbles familiar letters by the flickering warm yellow dim glow. There comes the moment of profound pondering. There are those dreams one had for the future, and those one thought would be attained by now. Immersed into this silent darkness I found home again.
Upon my writing desk I keep a few familiar friends at hand, they are my favorite authors. Leaning between Walt Whitman’s Leaves of Grass and Shel Silverstein’s Where the Sidewalk Ends is a collection of Emily Dickinson’s Poems, it is a sky blue colored cover book with Victorian, dark and light pink, roses stamp designed in the center. I stare at this one most because, I almost hear her words whispering in my mind from the countless times I’ve read them.
By the flickering light, I recall having stood in her room, two years ago, when I visited her homestead in Amherst Massachusetts. I saw the lace cream yellow colored walls and the small desk, gas lamp, and chair where she probably worked on her poems. The rainy gray afternoon light slipped in through windows which faced west out towards Amherst Main Street, some trees, and her brothers home. Although her portrait hung in the living room wall, and we walked through every floor of the house, it is Emily’s bedroom which has remained in my mind. It was perhaps here, if one stood long enough one could feel it, or imagine it, the spark of her coming to life as a poem spilled onto a page or was reworked from a candy wrapper. Such a simple place and yet it is said that “over 1,700 poems were discovered in her dresser drawer by her sister, Lavinia.” ( Johanna Brownell, Poems, pg. 15)
It is the silence which allows this deep well of expression. In a room filled with shadows and a warm glowing light, a whole world opens up within. The voices of the past, forever new upon a page, inspiration brings, and on one such occasion, as this, I wrote:
For Emily
1,700 poems
You wrote and no one knew
Tucked into a bedroom draw
To sleep the whole night through
I’m glad your stash was found
Glad it was published too
1,700 poems I seek to read from you.
It is interesting the thoughts that come during such times, when shadows form on the walls because of the candle light and ones pen scribbles familiar letters by the flickering warm yellow dim glow. There comes the moment of profound pondering. There are those dreams one had for the future, and those one thought would be attained by now. Immersed into this silent darkness I found home again.
Upon my writing desk I keep a few familiar friends at hand, they are my favorite authors. Leaning between Walt Whitman’s Leaves of Grass and Shel Silverstein’s Where the Sidewalk Ends is a collection of Emily Dickinson’s Poems, it is a sky blue colored cover book with Victorian, dark and light pink, roses stamp designed in the center. I stare at this one most because, I almost hear her words whispering in my mind from the countless times I’ve read them.
By the flickering light, I recall having stood in her room, two years ago, when I visited her homestead in Amherst Massachusetts. I saw the lace cream yellow colored walls and the small desk, gas lamp, and chair where she probably worked on her poems. The rainy gray afternoon light slipped in through windows which faced west out towards Amherst Main Street, some trees, and her brothers home. Although her portrait hung in the living room wall, and we walked through every floor of the house, it is Emily’s bedroom which has remained in my mind. It was perhaps here, if one stood long enough one could feel it, or imagine it, the spark of her coming to life as a poem spilled onto a page or was reworked from a candy wrapper. Such a simple place and yet it is said that “over 1,700 poems were discovered in her dresser drawer by her sister, Lavinia.” ( Johanna Brownell, Poems, pg. 15)
It is the silence which allows this deep well of expression. In a room filled with shadows and a warm glowing light, a whole world opens up within. The voices of the past, forever new upon a page, inspiration brings, and on one such occasion, as this, I wrote:
For Emily
1,700 poems
You wrote and no one knew
Tucked into a bedroom draw
To sleep the whole night through
I’m glad your stash was found
Glad it was published too
1,700 poems I seek to read from you.
Wednesday, July 14, 2010
Una tarde de lluvia pasajera
Mientras avanzábamos en la faena de recogerlo todo, el cielo se tornó gris oscuro y soplaba fuerte el viento. Decidí guardar el perro de mi vecina en su casa ya que nosotros lo estábamos cuidando pues mi vecina estaba de viaje. Mientras subía al perro a su casa, mi hija me gritaba desde la nuestra: - ¡Mami, mira, corre! Yo escuchaba pero no entendía. - ¿Qué? - contestaba gritando también. El viento soplaba muy fuerte. - ¡Mamiiii qué vengas! ¡Avanzaaaa! Sus gritos me asustaron. Salí corriendo a ver qué era. ¡Diantre! Aquello parecía un huracán. Salí corriendo de la casa de mi vecina apresurada para entrar a la mía. Temía que algún objeto volara y me golpeara. Mi hija seguía gritando: - ¡Avanzaaa!
Corrí hasta la puerta de la entrada de mi casa. Tenía el seguro puesto. ¡Ay! No puedo entrar! – removía el cerrojo de arriba abajo rápidamente. Mi hija corrió a buscar la llave. En eso, decidí entrar por el costado de la casa. El portón no abría. En viento seguía azotando, comenzaba a llover. El apuro y los nervios me impedían hacer algo tan fácil como abrir el portón. Finalmente lo abrí. Mi hija por su parte, abrió la puerta del frente. Uno de mis cuatro perros se salió y corría como loco por la acera de la urbanización. Parecía aturdido. Ahora me río de sólo pensarlo. Su cara parecía que decía: ¡Qué es esto? Cuando entré a la casa, grité: - chica, ¿qué has hecho?, ahora se salió el perro, ¡oh nooo pobre perritooo! – gritaba yo melancólica e histéricamente. En el mismo tiempo y espacio que ocurría todo, el viento entró a la casa y tiró al piso algunos adornos en cristal. -Ahora la cosa se puso mala- pensé. Fue entoces cuando las dos comenzamos a gritar como locas. Entre todo el revolú, mi hija decide buscar el perro en el carro, cosa que yo desaprobaba pues lo consideraba peligroso ya que el viento y la lluvia seguían haciendo de las suyas.
Minutos después, mi hija apareció con el perro. Lo entró a la casa y nos miramos. Ya había pasado todo. Creo que no pasaron ni 15 minutos desde que comenzamos a recoger las pinturas en el patio. Fue todo tan rápido. La lluvia y el viento siguieron su camino y sólo dejó a dos mujeres histéricas mirándose una a la otra y tratando de asimilar lo que había ocurrido. Todo estaba en silencio. – Mami, yo creo que todos nuestros vecinos nos escucharon, parecíamos locas. – me decía mi hija muerta de la risa. Yo miraba por la ventana. Tal vez era verdad y los vecinos se preguntarían qué le pasa a este dúo locas, a fin de cuentas era sólo agua y un poco de viento- imaginábamos nosotras que decían ellos. – Jajajaja, a la verdad que tú y yo no hacemos una – le contesté.
Ya había pasado todo y mi hija y yo nos quedamos en la sala, con los cuatro perros, riéndonos y reviviendo la odisea en lo que quedaba de la tarde.
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